Dos años después, 722 días después, lo mismo Rafael Nadal nuevamente por Philippe Chatrier. No por la física, no por los resultados, pero sí, en esencia, la tarea de aprender ha llegado a su límite, la necesidad de expresar las propias opciones, la necesidad de intentarlo una y otra vez. Nadal de París, quien triunfa, gana o pierde. Esta vez, en la primera edición, se rinde, anomalía que se explica por todo lo sucedido en los últimos años, después de haber conquistado su décimo y cuarto título aquí, en Grand Slam 22. Se rinde esta vez, ante un impuro Alexander Zverev. No lo sostengas frente a la estatua, ni frente al nombre, ni frente al tenista, ni lo sostengas frente a una cancha central que no oculte sus colores. Esta vez cede, pero Nadal muestra un nivel creciente y un tenis más digno de ampliar la esperanza de seguir nuevos grandes objetivos no demasiado tarde.
Lo cual estaba casi listo para Zverev, que obliga a Nadal a cojear en los primeros cambios de un Roland Garros que le impide volver a casa porque el protagonista lo pidió y lo demostró. Es Nadal, cómo no permitirse soñar con otro alguacil en Chatrier, en 2025, después de este enésimo ejemplo de castigo y clase en la que parece ser la última vez en París.

