Nuestro sitio web utiliza cookies para mejorar y personalizar su experiencia y para mostrar anuncios publicitarios (si los hubiera). Nuestro sitio web también puede incluir cookies de terceros como Google Adsense, Google Analytics y Youtube. Al utilizar el sitio web, usted acepta el uso de cookies. Hemos actualizado nuestra Política de privacidad. Haga clic en el botón para consultar nuestra Política de privacidad.

 

Leopardo: En el corazón del calor | Opinión

Leopardo: En el corazón del calor |  Opinión

No estoy seguro si fue hace dos o tres entregas, querido lector, pero en la que se titulaba Saber mirar el pasadonuestro boletín abordó un par de libros que rastrearon su interés en el tiempo —o rastrearon el tiempo en su interés— para, de alguna manera, discutir la idea de progreso o el camino que esa idea ha dado a América Latina.

Quienes lo hayan leído recordarán que no se trataba de novelas que se conformaban con la mera disección de un acontecimiento o de un personaje histórico, como si no hubiera nada más alrededor de aquél o aquéllos, es decir, novelas de esas que sugieren que todo pudo haber sido diferente para que todo siguiera igual, pero a partir de libros que se atrevieron a proponer posibilidades radicalmente distintas, a partir de una reimaginación de lo sucedido, una nueva forma de mirar el pasado para imaginar otro presente.

Al fin y al cabo, la idea de progreso que nos han vendido, escritores incluidos, es el Leopardo de la historia del continente, como de pronto parece haber sido asumido y enfrentado por la literatura —quizás no lo haya sido, hasta ahora—. , más radical en este sentido que el del increíble Las aventuras de China Ironde Gabriela Cabezón Cámara—, como también queda claro cuando se lee la estación del pantanola más reciente novela de Yuri Herrera: «Ya ves», dijo el neoyorquino con la pureza alegre de quien está a punto de compartir una revelación, «el tema del progreso no es sólo saber poner en práctica una nueva idea, sino sabiendo también cuando esa idea ha envejecido.

Saber llegar primero

La literatura, como el arte y la música, suele serlo, cuando queda en manos de autores como los de la citada entrega, como Cabezón Cámara —con ese Martín Fierro queer, hipersensual y multiétnico— o como los de Yuri Herrera. —»¿Qué qué significa el dibujo?» le pregunta Benito, quien se ha obsesionado con esa imagen poco a poco, en algún momento a Tisbee, quien le responde: “Lo que ves: no por ir adelante, uno abandona lo que viene atrás”—, el primero en llegar a ciertos temas, porque de alguna manera es como esos esclavos de reyes, emperadores o tlatoanis destinados a probar la comida de sus amos, para que no venga envenenada —el terrible riesgo de esto, claro está, sobran los paladares que, creyendo estar poniendo algo nuevo en sus bocas, no reconocen el sabor de una receta repetida cientos de veces.

Yuri Herrera, lo tiene claro cualquiera que haya leído sus libros anteriores —al igual que, una vez más, Cabezón Cámara—, a la manera de ese personaje de Beckett que se metía piedrecitas en la boca para no morirse de hambre pero también para que, después, después de saborearlos, de babear sobre esos pedacitos de mundo, devolviéndolos transfigurados, no sólo ha podido llegar primero a ciertos temas —La transmigración de los cuerpos y El incendio de la mina El Bordo son ejemplos de lo dicho—, pero también ha podido llegar primero a ciertas formas, que es lo mismo que dar una receta que ha sido repetida cientos de veces un personaje entero, absolutamente nuevo—Obras del reino y, sobre todo todos, Signos que precederán al fin del mundo, son ejemplos de este otro. No debemos olvidar que, en literatura, como aquí se ha repetido una y otra vez, al ser la huella dactilar del escritor, la forma es tan importante o más que el sujeto.

De vuelta a ese otro Gatopardo

Vuelvo al leopardo de la historia, es decir, vuelvo a lo que decía del progreso, aunque el tema no es precisamente ese, sino las semillas que siembran los autores de esa otra entrega, ese Cabezón Cámara y ese Yuri Herrera, literarios. , para contradecirlo y oponerle Y es que La estación del pantano, además de llegar primero a una nueva forma —recuerda, esa forma, las esculturas que resultan de vaciar plomo fundido por la boca de un hormiguero para después desenterrar el nudo de estalactitas brillantes que, a través de sus múltiples y diversos brazos, nos permite ver que el corazón del hormiguero es, en realidad, la totalidad del hormiguero—, opera de manera similar a las novelas de Cárdenas, Larraquy y Cabezón Cámara— toma un instante y un carácter, aunque sus entrañas son aún más radicales. Explotando las fronteras que delimitan los territorios de la ficción y la no ficción, la estación del pantano Capta un determinado momento de la historia, la estancia de Benito Juárez en Nueva Orleans, pero lo reconstruye a partir de la ficción, es decir, imagina, con absoluta libertad, lo que pudo haber ocurrido durante ese año y medio.

Al convertir en literatura la respuesta a esa pregunta, Yuri Herrera —imposible no reconocer aquí uno de los momentos más altos de su obra, así como una nueva puerta en nuestra tradición— no solo encuentra una forma diferente, no solo llega antes a una de manera distinta a enfrentarse a un momento, no sólo plantea otra forma de desentrañar las ideas que atrincheran el pasado y no sólo mueve las fronteras entre la ficción y la no ficción, sino que pone en marcha un nuevo mecanismo, una especie de estructura móvil que sea capaz de llevar el corazón de la historia de un tema a otro, de un personaje a otro, de una idea a otra, de un sentimiento a otro. Y es que, en la estación del pantanoJuárez es solo un personaje principal cuando el personaje principal no es Nueva Orleans o el calor o la enfermedad o la música o los incendios, así como el tema principal es el exilio solo cuando el tema principal no es el desarraigo o la conspiración o la libertad o la esclavitud o el colonialismo.

Además, está el lenguaje

En la estación del pantano hay otro personaje que también es protagonista, cuando no es Juárez ni los otros protagonistas que nombré: el lenguaje, aquí, supone un cuerpo. Así como también hay otro tema principal, cuando éste no es ni el exilio ni los otros temas que nombraba: el lenguaje, aquí, supone una contradicción. Y es que el lenguaje, como en la mayoría de los libros de Herrera, es incluso el tiempo y el espacio de la novela, la X y la Y giran y de las que se desenrolla, primero, y desarbola, luego, la parra de la imaginación que teje esta Selva única que, página a página, se traga ese momento en el que Juárez tuvo que exiliarse en Nueva Orleans.