La austeridad republicana vuelve a enfrentar al Poder Judicial con el Poder Ejecutivo a tal punto que la situación se remonta a 2018, cuando Andrés Manuel López Obrador, apenas iniciando su mandato, emprendió sus reformas constitucionales para bajar los salarios y evitar que nadie en la Administración Pública cobre más que el presidente. Ya entonces sonaron los tambores de guerra entre los jueces, pero impulsados por la enorme mayoría ciudadana que apoyaba el proyecto morenista, hicieron un gesto de buena voluntad para autorregularse en algunos extremos, reconociendo así una deuda de las élites del país con el pueblo llano. . Hoy, casi cinco años después, el choque se salda prácticamente en los mismos términos: salario y austeridad. El telón de fondo, sin embargo, es diferente.
Las peleas entre el Ejecutivo y la Corte Suprema han sido frecuentes, recrudeciendo desde que la ministra Norma Piña ganó la votación interna para ser presidenta del máximo órgano judicial. Desde entonces, los proyectos más anhelados por el presidente, la reforma electoral y el mando militar de la Guardia Nacional, han sucumbido a los votos de los ministros, sin que se haga nada desde la legislatura, donde Morena y sus aliados perdieron la mayoría absoluta en Congreso en 2021. Con la oposición desfalleciendo y una mayoría simple a favor del Gobierno, el Tribunal Supremo se perfila hoy, como en 2018, como el único freno a las aspiraciones del Gobierno. La caja de truenos se abre casi a diario en Palacio Nacional, donde no escatiman adjetivos contra los jueces y su «podrido» sistema. Los ministros se colocan cada mañana en un esquema sencillo: arriba en el trono están ellos, con sus grandes salarios, y abajo, el pueblo, sufriendo sus embates.

López Obrador ha recurrido a una estrategia sencilla: el dinero. En un país donde millones de personas viven en la pobreza tolerable o extrema, o en una clase media sin grandes márgenes económicos, el argumento del salario le resulta cómodo al gobierno de austeridad, un mensaje sencillo, ganador, casi electoral. El presidente cobra 137.000 pesos y los ministros 284.500, según datos oficiales. Ni corto ni perezoso, el presidente ha ordenado a la ministra del Interior, la recién liberada Luisa María Alcalde, que le escriba a Norma Piña y le pida explicaciones: por qué los garantes de la ley violan nada menos que la Constitución con sueldos que superan al de el presidente. “Que me lo expliquen, para que le informe al pueblo de México”, dijo López Obrador. Tienen cinco días para dar una respuesta. Cinco largos días para mantener una herida abierta y ahondar en ella, si es necesario, cuando se tenga una respuesta.
En 2018, los jueces sintieron que su autonomía fue atacada por esa medida presidencial y presentaron cientos de recursos en su contra. “El Poder Judicial goza de autonomía para disponer de sus recursos, por lo que no tiene obligación de someter al escrutinio del Poder Legislativo las remuneraciones que éste asigne a los jueces y magistrados federales”, denunciaron en su momento. Se aventura otra controversia constitucional que ellos mismos deberán resolver. En ese momento, un López Obrador conciliador se reunió con ellos y les aseguró sobre su agenda política. Hoy no se puede esperar algo así, cuando los últimos intentos de contactar a Piña y varios secretarios de Gobierno se resolvieron con una clara orden de López Obrador: “Ni siquiera cojan el teléfono”.
La relación de Palacio Nacional con la Corte Suprema había ido más que bien durante la presidencia de Arturo Zaldívar, donde el Poder Judicial casi le hizo los deberes al Gobierno, que mantuvo la ropa seca. Fue el caso de la despenalización del aborto, por ejemplo, donde el Ejecutivo no se había querido mojar. O la marihuana, cuando se declararon inconstitucionales algunos artículos que impedían su consumo, adquisición de semillas, siembra y distribución. Eran días “históricos” para la Corte y el Gobierno no se quejaba, todo lo contrario.
Tras finalizar el mandato de Zaldívar, el presidente insistió en poner al frente de los jueces a una mujer que, al final, sólo proporcionó días amargos. El gran escándalo del plagio en su tesis de grado llenó de lodo las aspiraciones de la ministra Yasmín Esquivel, quien aún se sienta en la Corte, y de paso puso fin a las pretensiones de López Obrador de ubicar un similar a su Gobierno, como él mismo reconoció en sus conferencias. . “Cuando todos estaban en contra de la Ley Eléctrica, ella defendió nuestra posición y ha votado en contra de todo lo que quiere declarar inconstitucional. [la oposición política]”, dijo en diciembre pasado. Norma Piña resultó electa en una votación y pocas semanas después una muñeca que la ridiculizaba fue golpeada y quemada en el Zócalo por seguidores morenistas en un acto para conmemorar la nacionalización petrolera, el 18 de marzo de este mismo año. El mandatario condenó lo ocurrido, pero nada pudo silenciar la animosidad ya sembrada: “Apenas llegó el nuevo presidente se desató una ola de resoluciones a favor de presuntos delincuentes”, había dicho el mandatario días antes. Entre otras cosas.

Y eso recién había comenzado. Han sido las últimas resoluciones, en las que la Corte ha anulado las reformas electorales basándose en la forma en que fueron despachadas en el Congreso, no en el fondo de lo que significaban. El Gobierno se siente agredido por lo que considera una injerencia espuria de un poder respecto a otro, se rebela y contraataca, nada que no pase en otros países, es un clásico de los roces políticos.
Será difícil enfriar este ambiente, al menos hasta las próximas elecciones, en el verano de 2024, donde López Obrador ha pedido a la ciudadanía que le devuelva la mayoría absoluta para cambiar la Constitución sin trabas, ni judiciales ni políticas. De ser así, las profundas reformas de este sexenio verían la luz en el último minuto del partido, cuando se conocerá al próximo inquilino de Palacio Nacional.
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