Nuestro sitio web utiliza cookies para mejorar y personalizar su experiencia y para mostrar anuncios publicitarios (si los hubiera). Nuestro sitio web también puede incluir cookies de terceros como Google Adsense, Google Analytics y Youtube. Al utilizar el sitio web, usted acepta el uso de cookies. Hemos actualizado nuestra Política de privacidad. Haga clic en el botón para consultar nuestra Política de privacidad.

 

Insurgentes en las rocas | Opinión

Insurgentes en las rocas |  Opinión

La Avenida de Los Insurgentes debe medir 52 kilómetros o más en el hielo con que mi memoria la congela, en un ayer mucho antes de las cien inciertas estaciones del Metrobús, cuando los camiones que transitaban de arriba abajo y viceversa se llamaban Ballenas y Delfines , con choferes de uniforme marrón y diversas variedades de cantores con guitarras que se subían a cantar su quincena. Era la costilla de una fingida modernidad donde escolares uniformados sumaban los números de los billetes de autobús con la utopía mentirosa de supuestamente poder exigirle un beso en la boca a una colegiala si la suma era 21 y luego, las ganas de irse. fumando entre las sardinas amontonadas, colgadas del tubo del camión como pinzas de ropa con fardos de maniquíes soñolientos.

Así me aparece en las madrugadas o medio dormido donde el momento en que mis amigos y yo vimos a un escritor a punto de consagrarse tan joven pasar en un Volkswagen rojo y congelar el momento para que medio siglo después el mundo parece tambalearse. señora en minifalda que parecía catatónica apoyada en un poste de luz y así entre el ir y venir de Ballenas y Delfines, la legión de burócratas y universitarios con diversos maletines de cuero y plástico en un ayer sin más teléfonos que los fijos por moneditas y los negros que se quedaban en casa (siempre en los pasillos, o en la pared de la cocina o muy cerca del comedor) y los ciclistas pasaban con enormes canastas de pan recién horneado que de lejos parecían fantasmas del ejército zapatista (de la Revolución, no de Chiapas) y los mismos organilleros que siguen tocando la misma vieja canción y los globos pintados con anilina (antes de que llegara la invasión del plástico metálico) se evaporan y la adolescencia pasó del terror de los robatichicos al nerviosismo de correr por donde prostitutas (todas mujeres, ahora que el mercado se ha vuelto casi exclusivamente trans) y de repente, en un semáforo (mucho antes del concepto de sincronización) se detiene una caravana de enormes barcos con rugientes motores y alargados cofres de chapa como baúles de cocodrilo y la pandilla de fantasmas nos quedamos hipnotizados viendo cómo maquillaba a una inalcanzable diosa sentada junto a un Fulano que porta un fusil y en el momento del verde, arranca eso que llaman vida y todo se evapora en un diluvio de agua salada que no llega a las lágrimas, pero navega la nostalgia de tantos días inútiles en que nos estaban seguros de llegar a la próxima Final del Mundial, la desaparición inmediata del PRI y todos los políticos mentirosos, el insólito milagro económico inundado de petróleo que nos garantizaría evitar el cúmulo de décadas desde donde hoy cerramos los ojos en aburrida espera que pase la próxima Ballena y nos lleve al puerto base con frijoles en la olla express, tortillas recién compradas en la fila de nixtamal, arroz rojo con dos huevos fritos… como si el Sol se clonara hoy para soñar con tanto paisaje eso parece haberse ido

Suscríbete aquí hacia Boletin informativo de EL PAÍS México y recibe toda la información clave de la actualidad de este país

Suscríbete para seguir leyendo

Leer sin limites