México culminó 2025 registrando un récord histórico en inversión extranjera directa, aun en medio de un panorama internacional volátil. Ese impulso anual coexistió con una caída en el último trimestre, lo que activa señales de alerta sobre la estructura y el ritmo con que ingresa el capital foráneo.
Un año caracterizado por récords históricos y un cierre con señales encontradas
México logró en 2025 un hito en la captación de capital extranjero, al sumar un flujo de inversión extranjera directa que llegó a 40.871 millones de dólares. Este resultado, que representa un alza de 10,8% respecto a 2024 según datos de la Secretaría de Economía, refuerza un ciclo de cinco años continuos con avances y cifras sin precedentes. No obstante, este buen rendimiento anual vino acompañado de un ajuste relevante al cierre del año: una disminución de 5.026 millones de dólares durante el cuarto trimestre.
La evolución anual sugiere resiliencia de los proyectos ya establecidos y un entorno favorable para la expansión de operaciones en sectores estratégicos. Al mismo tiempo, el retroceso trimestral revela que los flujos de capital son sensibles a choques globales y a decisiones corporativas puntuales, como el pago de dividendos y reacomodos financieros intrafirma. Lejos de implicar cancelaciones de proyectos, el ajuste refleja una reconfiguración temporal en la forma en que las empresas asignan y contabilizan recursos entre filiales y matrices.
En términos de composición, el principal motor del desempeño anual fue la reinversión de utilidades, que concentró el 67,7% del total, mientras que las nuevas inversiones sumaron el 18% y las cuentas entre compañías completaron el 14,3% restante; esta configuración evidencia que la confianza de los actores ya establecidos en el país sigue actuando como un pilar clave, aunque también muestra que existe margen para robustecer la atracción de proyectos greenfield si se pretende mantener el ritmo en el mediano plazo.
El impacto de la incertidumbre global y el contexto regional
La coyuntura internacional definió el ritmo del año. La política comercial de Estados Unidos, que incorporó aranceles específicos desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca —pese a ciertos amortiguadores derivados del TMEC—, provocó tensiones en diversas cadenas manufactureras y en algunas decisiones de inversión sectorial. Incluso con ese escenario, México logró aprovechar su ubicación estratégica y la integración productiva de Norteamérica para captar flujos destacados, sobre todo en sectores que impulsan el nearshoring.
El Gobierno mexicano sostuvo un tono confiado sobre la evolución de la IED, subrayando que la caída registrada en el cuarto trimestre responde principalmente a ajustes contables y financieros, y no a una retirada de capital productivo. La Secretaría de Economía señaló que el retroceso deriva del pago de dividendos y de transacciones entre filiales en el extranjero, elementos que pueden provocar salidas temporales sin impactar el acervo de plantas, maquinaria ni los empleos vinculados con inversiones previas.
Más allá de la narrativa oficial, analistas subrayaron que el tropiezo trimestral merece seguimiento. De acuerdo con Gabriela Siller, directora de análisis económico en Banco BASE, el cuarto trimestre mostró salidas por 4.103 millones de dólares en reinversión de utilidades y por 1.060 millones en cuentas entre compañías, mientras que la nueva inversión apenas sumó 138 millones. En paralelo, la inversión fija bruta cayó 6,4% en noviembre, según el Inegi, un dato que sugiere prudencia empresarial al cierre del año y que conviene observar en conjunto con los flujos de IED para calibrar el pulso de la formación de capital.
¿Qué actores realizan las inversiones y en qué dirección se canaliza el capital?
Estados Unidos se mantuvo como el principal origen de la inversión extranjera directa en 2025, con 15.877 millones de dólares, equivalente al 38,8% del total. Le siguieron España con 4.431 millones (10,8%), Canadá con 3.323 millones (8,1%), Países Bajos con 2.387 millones (5,8%) y Japón con 2.293 millones (5,6%). El peso combinado de Estados Unidos y Canadá llegó a 46,9%, reafirmando la centralidad de América del Norte como eje de financiamiento productivo para México.
En cuanto a destino, la concentración territorial se mantuvo en los polos de mayor dinamismo industrial y de servicios: Ciudad de México, Nuevo León y el Estado de México despuntaron como los principales receptores de capital. La ruta de una comitiva de 400 empresarios canadienses —que visitó Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey para explorar oportunidades— ilustra el interés creciente por hubs con infraestructura, talento y ecosistemas de proveeduría consolidados.
La llegada de proyectos asociados al nearshoring ha reforzado la demanda por parques industriales, logística y soluciones energéticas confiables. El reto no es menor: sostener la competitividad requiere ampliar capacidad de transmisión eléctrica, asegurar abasto de agua, mejorar conectividad ferroviaria y carretera, y agilizar permisos. Estas palancas, si avanzan de manera coordinada, pueden traducirse en mayor proporción de nuevas inversiones frente a la reinversión de utilidades, equilibrando la composición de la IED.
La revisión del T-MEC y lo que se anticipa para 2026
La revisión del TMEC prevista para 2026 asoma como un factor determinante en el ánimo inversor. México, Estados Unidos y Canadá deberán decidir antes del 1 de julio si mantienen el acuerdo y bajo qué ajustes. Aunque la retórica política ha introducido episodios de nerviosismo —incluida la posibilidad de suspensión invocada por Trump—, el proceso formal de revisión ya está en marcha y, hasta ahora, el consenso público de México y Canadá ha sido defender la continuidad y fortalecer al bloque como plataforma competitiva frente a otras regiones.
Para la IED, la certidumbre regulatoria del TMEC actúa como un punto de apoyo fundamental. Disponer de reglas de origen bien definidas, contar con mecanismos eficaces de solución de controversias y aplicar disciplinas laborales y ambientales ofrece un marco previsible para proyectos de alto capital con retornos a largo plazo. En esta línea, cualquier indicio que refuerce la estabilidad del acuerdo puede convertirse en anuncios de inversión, ampliaciones de plantas y apertura de nuevas líneas de producción, sobre todo en industrias como la automotriz, la aeroespacial, los dispositivos médicos, los semiconductores y la logística avanzada.
Interpretación del retroceso trimestral y sus implicaciones para la política económica
El ajuste registrado en el cuarto trimestre, el primero de esta naturaleza desde 1980 según los archivos disponibles, requiere una lectura más matizada. Por un lado, la predominancia de retiros vinculados a reinversiones y operaciones dentro de la misma empresa apunta a un reacomodo financiero más que a un deterioro profundo. Por otro, la disminución en la inversión nueva revela que transformar el interés en proyectos específicos podría estar tropezando con trabas administrativas o con una cautela derivada del entorno económico global.
Para mantener vivo el interés de los inversionistas y convertir recorridos exploratorios en decisiones de inversión concretas, la política económica puede orientarse a cinco ámbitos: agilización de permisos y mayor certidumbre regulatoria; fortalecimiento de la infraestructura energética junto con una transición ordenada hacia energías limpias; reforzamiento de la seguridad pública y resguardo de las cadenas logísticas; desarrollo de capital humano con habilidades técnicas acordes a la demanda; y un sistema fiscal estable, con lineamientos transparentes para operaciones intrafirma y repatriación de ganancias. La meta es disminuir obstáculos y aumentar la proporción de prospectos que evolucionan en proyectos reales.
Estructura de la IED y su impacto en el crecimiento económico
El predominio de la reinversión de utilidades admite dos interpretaciones. En una lectura favorable, muestra la confianza de compañías ya establecidas que optan por ampliar su capacidad operativa o renovar su maquinaria. En una lectura más exigente, puede señalar una tracción limitada de proyectos nuevos, los cuales suelen dinamizar con mayor rapidez el tejido productivo y fortalecer la conexión con proveedores locales. Aumentar la proporción de greenfield exige agilizar la disponibilidad de suelo industrial, mejorar las condiciones de acceso al financiamiento y asegurar servicios públicos confiables.
Además, el retroceso de la inversión fija bruta al finalizar el año señala la necesidad de fortalecer los incentivos destinados a ampliar el capital, tanto en el ámbito público como en el privado, mientras que la puesta en marcha de proyectos prioritarios en infraestructura logística, digital y energética, junto con esquemas de colaboración público-privada bien diseñados, puede potenciar el impacto de la IED en la productividad y en la generación de empleo de calidad.
Perspectivas 2026 y la oportunidad del nearshoring
El reordenamiento de cadenas globales y el impulso del nearshoring continuarán ofreciendo oportunidades para México. La proximidad al principal mercado de consumo del mundo, la red de tratados, la densidad manufacturera y la base de talento son ventajas que difícilmente se replican a corto plazo en otras geografías. No obstante, capitalizar ese diferencial exige atender rezagos de infraestructura y gobernanza regulatoria, para que el flujo de 2025 no sea un techo, sino un peldaño.
Sectores como los electrónicos, las autopartes, los data centers, la biotecnología y las energías renovables ya aparecen en los planes de inversión, mientras que la ventana de 2026, marcada por la revisión del TMEC y por los cambios en la política comercial de Estados Unidos, pondrá a prueba la capacidad de México para transformar el interés en instalaciones productivas; en este proceso, la articulación entre la federación, los estados y los municipios resultará crucial para coordinar incentivos, acelerar los trámites y ofrecer certidumbre jurídica en la ejecución de los proyectos.
Un récord que aún exige completar tareas para afianzar la tendencia
El balance de 2025 deja una fotografía dual: un máximo histórico de inversión extranjera directa que ratifica la confianza en México, y un cierre trimestral que llama a la prudencia y al ajuste fino de políticas públicas. La diversificación de orígenes —con Estados Unidos al frente, seguido de España, Canadá, Países Bajos y Japón— y la concentración territorial en hubs industriales exhiben fortalezas y también concentraciones de riesgo que conviene gestionar.
La clave para 2026 será transformar la inercia positiva en un ciclo sostenido de proyectos nuevos, reforzando las condiciones habilitantes que el capital global evalúa antes de comprometer miles de millones a varios años. Si México asegura certidumbre en el TMEC, mejora la infraestructura crítica y profundiza la formación de talento, el récord de 2025 puede convertirse en la base de un periodo prolongado de expansión productiva. En caso contrario, la volatilidad trimestral podría convertirse en un recordatorio recurrente de que los máximos anuales no están garantizados sin reformas y ejecución constantes.

