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Proyecciones 2026: México crecerá 1.5%, con turismo y salario mínimo como motores

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La proyección económica hacia 2026 anticipa un crecimiento moderado en México, dentro de un escenario que mezcla un mayor dinamismo del consumo con áreas clave que requieren atención en materia de inversión y productividad. Pese a que los indicadores de actividad ofrecen señales variadas, el impulso del turismo ligado a eventos internacionales y el aumento del ingreso derivado del alza al salario mínimo podrían sostener la demanda interna a lo largo del año.

Un punto de partida moderado con motores de demanda interna

El pronóstico de crecimiento cercano a 1.5% sugiere una expansión moderada, aunque lejos de paralizarse. En la práctica, indica que la economía seguiría avanzando sin sobrecalentarse, sostenida por el consumo de los hogares, los servicios y el turismo. El efecto más palpable se da a través del ingreso disponible: cuando una porción amplia de la fuerza laboral obtiene un incremento salarial, el gasto diario en alimentos, transporte, comunicaciones y actividades recreativas aumenta de inmediato. A esto se añade el impulso del turismo en hospedaje, restaurantes, entretenimiento y transporte local, lo que amplifica cada dólar que dejan los visitantes.

La lectura de “cauteloso optimismo” responde a que, si bien el empuje doméstico existe, no alcanza por sí solo para desatar un ciclo de expansión acelerada. Sectores intensivos en inversión, como manufactura de alto valor, infraestructura y energía, son los que usualmente marcan la diferencia entre crecer poco o crecer a buen ritmo. Sin un salto claro en esos frentes, el escenario base se mantiene en una marcha contenida, con variaciones trimestrales sujetas a shocks externos y a la ejecución de proyectos públicos y privados.

Turismo como palanca coyuntural y su efecto multiplicador

La organización de eventos deportivos de gran envergadura suele funcionar como un motor coyuntural para la economía local, y en 2026 el gasto adicional de los visitantes podría manifestarse en mayor ocupación hotelera, uso intensivo de restaurantes, traslados interurbanos, compras en comercios minoristas y participación en ofertas culturales. Estos ámbitos tienden a incorporar personal eventual con facilidad, lo que incrementa la masa salarial y alimenta el consumo. No obstante, este impulso resulta pasajero: cuando desaparece el punto máximo de actividad, el movimiento retorna a sus niveles habituales y las empresas deben nuevamente disputar la demanda en un escenario menos excepcional.

La clave para capitalizar ese empuje radica en encadenar proveedores locales y formalizar la oferta. Cuando los negocios incorporan métodos de pago digitales, facturación y logística ordenada, la derrama no se diluye y tiene más posibilidades de convertirse en inversión en capacidad productiva, mantenimiento y capacitación. De esta manera, un impulso coyuntural se transforma en mejoras estructurales que sostienen ventas y productividad más allá del calendario de eventos.

El aumento del salario mínimo y sus canales de transmisión

El ajuste de ingresos en millones de trabajadores de base baja genera dos efectos relevantes. Primero, incrementa de manera directa la demanda de bienes esenciales, servicios cotidianos y parte del comercio electrónico de bajo ticket. Segundo, reordena las escalas salariales dentro de las empresas para evitar “compresión” entre puestos de entrada y posiciones de mayor responsabilidad. Aunque no todas las compañías replican el porcentaje de aumento a lo largo de toda la nómina, muchas ajustan para mantener márgenes diferenciales, lo que amplifica el efecto ingreso.

En paralelo, el aumento del salario mínimo repercute en los costos laborales y en las aportaciones a la seguridad social, lo que reduce los márgenes, sobre todo en negocios y servicios que dependen intensamente de la mano de obra. La gestión de la productividad —optimización de procesos, adopción tecnológica, organización eficiente de horarios y compras integradas— se vuelve crucial para asimilar el mayor gasto sin trasladarlo por completo a los precios. Cuando las empresas alcanzan esa adaptación, el impacto final puede resultar favorable: un consumo más estable sin una merma significativa en la competitividad.

Indicadores contradictorios en la inversión y el sector manufacturero

La inversión fija bruta junto con la llegada de capital a iniciativas productivas resultará decisiva para que el crecimiento rebase el 1.5%. Elementos como la certidumbre regulatoria, el acceso a energía fiable y de costo accesible, la infraestructura logística y el Estado de derecho influyen en las decisiones de mediano plazo. El proceso de relocalización (nearshoring) sigue generando oportunidades, aunque su consolidación depende de superar obstáculos en la obtención de permisos, la disponibilidad de suelo industrial, la capacidad de transmisión eléctrica y la formación técnica.

En manufactura, la fortaleza de la demanda externa —en particular de Estados Unidos— seguirá marcando la pauta. Si el ciclo industrial en el vecino del norte se mantiene estable, los sectores automotriz, electrónico y de equipo eléctrico podrían sostener exportaciones. No obstante, la sensibilidad a choques en cadenas de suministro, costos de transporte y cambios en reglas de origen exige flexibilidad operativa. La competitividad costo-calidad y la integración de proveedores locales juegan a favor, siempre que se refuerce la confiabilidad energética y la logística fronteriza.

Inflación y política monetaria: equilibrio fino

La trayectoria de precios será crucial para que el impulso del ingreso se traduzca en poder adquisitivo real. Un escenario de inflación moderándose, aunque aún por encima del objetivo, abre la puerta a un ciclo de normalización monetaria gradual. Si las tasas de interés descienden de forma ordenada, podrían aliviarse costos financieros para empresas y hogares, destrabando proyectos de inversión y consumo durable. El margen de maniobra, sin embargo, depende de la evolución de la inflación subyacente y de choques en alimentos o energía.

Para la autoridad monetaria, la comunicación clara será vital. Un ajuste demasiado rápido podría reavivar presiones inflacionarias; uno demasiado lento, sofocar la inversión. El balance razonable implica recortes prudentes anclados en datos, con seguimiento cercano a expectativas de inflación y a la transmisión de tasas a crédito empresarial y consumo. En este terreno, la coordinación con la política fiscal —calendario de gasto e inversión pública— reduce el riesgo de trabajar en direcciones opuestas.

Mercado laboral: resiliencia con reto de formalidad

Los indicadores de empleo han mostrado resiliencia, apoyados por servicios, comercio y construcción. El reto principal sigue siendo la formalidad y la productividad por hora trabajada. El alza del salario mínimo, acompañada de simplificación administrativa y digitalización de trámites, puede incentivar la formalización si se reducen costos de cumplimiento y se intensifica la inspección con enfoque técnico. La capacitación dual, certificaciones de habilidades y adopción de estándares de seguridad laboral elevan el capital humano y tienden a mejorar salarios de manera sostenible.

La migración laboral interna hacia polos industriales y turísticos también redistribuye la actividad económica. Para contener presiones locales en vivienda y servicios, las ciudades receptoras necesitan planeación urbana, transporte eficiente y conectividad. Estas inversiones no solo mejoran la calidad de vida, sino que incrementan la productividad agregada, favoreciendo que el crecimiento potencial avance más allá de los valles cíclicos.

Finanzas públicas: gestión de márgenes, impulso inversor y rigor fiscal

La sostenibilidad de las finanzas públicas influye en cómo se percibe el riesgo y en el costo del financiamiento que enfrenta el sector privado. Un nivel de endeudamiento controlado, combinado con inversión pública focalizada en infraestructura logística, recursos hídricos y energía, impulsa el crecimiento potencial. A la vez, una gestión prudente del gasto corriente y una recaudación más eficiente sin ahogar la actividad formal abren espacio para iniciativas que eleven la productividad, como mayor conectividad digital, mejor mantenimiento vial y una evaluación más rigurosa de proyectos con elevado retorno social.

El 2026 demanda, además, eficiencia en ejecución: proyectos que pasan de anuncio a obra en tiempo y forma generan segundo y tercer efectos positivos en empleo, proveedores y confianza. Cada peso bien invertido en infraestructura reduce costos futuros a empresas y consumidores, liberando recursos para innovación y expansión.

Riesgos y amortiguadores del escenario

Entre los riesgos destacan una desaceleración mayor a la prevista en Estados Unidos, choques de precios en energía, eventos climáticos que afecten cosechas y perturbaciones en cadenas globales. También pesan la incertidumbre regulatoria en sectores estratégicos y la capacidad de proveer energía eléctrica suficiente en picos de demanda. Como amortiguadores, México cuenta con un sector externo diversificado, reservas internacionales adecuadas, un sistema bancario capitalizado y una base manufacturera integrada al mercado norteamericano.

La respuesta de política pública y privada ante shocks será decisiva. Protocolos de continuidad operativa, seguros catastróficos, contratos flexibles con proveedores y planes de gestión de inventario reducen vulnerabilidades. Del lado del consumo, el fortalecimiento del ahorro y del crédito responsable contribuyen a suavizar ciclos, manteniendo la demanda más estable ante variaciones temporales de ingreso.

¿Qué implican 1.5 puntos de expansión para las familias y las compañías?

Para los hogares, un crecimiento de 1.5% sugiere estabilidad con oportunidades selectivas. El poder de compra podría mejorar si la inflación cede y el salario mínimo mantiene su impacto neto positivo en ingreso real. Las decisiones financieras inteligentes —reducir deuda cara, crear fondo de emergencia y planear compras durables cuando las tasas bajen— permitirían capturar beneficios del entorno. Para las empresas, el foco estará en productividad, adopción tecnológica y gestión de costos; quienes logren elevar producción por trabajador y optimizar inventarios estarán mejor posicionados para defender márgenes sin perder participación de mercado.

El turismo, la economía de servicios y las ramas exportadoras con demanda constante en Norteamérica lucen como los vectores más dinámicos, mientras que negocios dependientes de inversión pesada podrían avanzar a un ritmo más contenido si persiste la prudencia inversora. Aun así, la preparación para captar relocalización —suelo industrial, capacitación, certificaciones— puede destrabar proyectos que sumen décimas al crecimiento.

Un año dedicado a impulsar la ejecución y optimizar la eficiencia

El mensaje central del escenario “cautelosamente optimista” plantea que 2026 se perfila como un año con una base de crecimiento sostenido por la demanda interna, y que podría mejorar si la inversión y la productividad asumen un papel protagónico. El empuje temporal del turismo y el efecto ingreso derivado del salario mínimo aportan alivio inmediato, aunque una expansión más firme requiere destrabar los cuellos de botella en energía, logística y certidumbre. Con una política monetaria que se normalice sin perder su ancla y unas finanzas públicas orientadas a proyectos de alto retorno, la economía tiene margen para dar una sorpresa positiva.

Para aprovechar este contexto, hogares y empresas han de enfocarse en decisiones de calidad: optimizar procesos, avanzar en la digitalización de sus operaciones, reforzar competencias y proteger su salud financiera. En definitiva, un crecimiento del 1.5% no representa una meta final, sino el punto de arranque desde el que la productividad y la capacidad de ejecución definirán si 2026 quedará como un año de transición o como el inicio de una etapa de expansión más sólida.